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sábado, 18 de diciembre de 2010

Logro veinte-diez a los veinte-dos

Después de varios meses de trabajo y de mucho esfuerzo, me siento muy contenta de poder decir que hay un libro con textos míos en la Biblioteca Nacional. Y es un libro que no hubiese sido posible realizar de no ser por una persona tan dedicada a su trabajo (quizás mucho más de lo que debería), apasionada realmente por lo que hace, predispuesta, amable y de un corazón enorme: muchas gracias, Adriana.
Felicitaciones a todos mis compañeros, con los que tanto trabajamos por esto.
Gracias también a quienes siempre se les debe gratitud: la vieja y el viejo. Y finalmente, la dedicatoria de este logro veinte-diez a mis dos hermanos que mucho, muchísimo tienen que ver con todo esto.
Gracias Eze y Aye, mis dos más dos de todos, por haber estado ahí.

viernes, 2 de julio de 2010

Camila, no sabría si odiarla o agradecerle

“Es una equivocación creer que el horror se asocia

inextricablemente con la oscuridad,

el silencio y la soledad”.

H.P.Lovecraft


CAMILA, NO SABRÍA SI ODIARLA O AGRADECERLE



La calle normalmente poco transitada se mostraba resplandeciente por los blancos, rojos y azules que bailaban con el cantar de las sirenas y los murmullos de los vecinos.

El mundo se paralizó y todos los sonidos existentes enmudecieron en el momento en que aquel borceguí abrió de una fuerte patada la puerta de madera vieja y pesada.

Había tanta paz en nuestras vidas

Pero un buen día ella decidió que no era feliz; no, no era feliz. Y se lo dijo todo en la cara, bien en la cara. Lo había cagado con otro tipo, eso había hecho. Y además, decía que él ya no la trataba bien. ¿No la trataba bien? No, ella decía que no. No se sentía amada, Andrés no le retribuía nada. Las palabras que usó, por favor. Y se fue. Con todo lo que él la quería, ella se fue.

Un vacío enorme sintió. Hacía mucho frío. La extrañaba. La verdad era que la extrañaba mucho. Era una gran compañera y quizás él debería haberla tratado más acorde a lo que ella necesitaba. Pero también, Andrés era un tipo muy solitario y no estaba realmente seguro de que ella lo entendiera del todo. Ella necesitaba otro tipo de vida. Seguramente, en algo él la estaba reteniendo. Ella sólo quería ser feliz. Y después de tantos años viviendo juntos… Buscaba su felicidad, no la podía juzgar.

La vida de Andrés siguió tan igual y monótona como lo había sido siempre. Sólo podía sumarle la angustia que sentía al llegar todos los días del laburo, esa maldita oficina, y notar que ella se presentaba ausente. Todavía sentía sus olores. Habían quedado perfumes en la almohada. Algunas noches tenía la necesidad de escuchar su risa o que la cena se decorara con las historias de sus días. Todavía se comía el amague de poner la mesa para dos. Deprimente. Necesitaba sacarse esa contractura, el cuerpo le reclamaba las angustias a su manera. No, no. Lo que necesitaba era salir un rato de ahí. Todas las noches, desde hacía cuatro meses atrás, se repetía la misma historia.

Puerta de madera, chirrido de bisagra. Un pasillo largo y poco iluminado. En él se destacaban los cuadrados rojos y amarillos que componían su suelo. Había unas plantas colgadas sobre la pared izquierda que lo decoraban. Aquella pared alta y otra enfrentada a poca distancia, también alta, lo limitaban y le daban, a su vez, la condición de pasillo.

La puerta que se veía al final era la entrada a la casa de Andrés. Ese trayecto podía cruzarse en pocos minutos a un paso normal, sin ningún tipo de apuro. Claro que para Andrés, cada noche, cruzarlo le tomaba unos quince o veinte minutos. Siempre y cuando no se desplomara en el medio del trayecto. Por lo general, para que eso no pasara, cuando entraba de la calle y cerraba la puerta, apoyaba su cuerpo contra la pared derecha —en la izquierda había plantas y una puerta de otra casa a mitad del pasillo— y, sin despegarse, caminaba despacio hasta el final. Por más que el camino era siempre el mismo y que lo conociera a la perfección —hacía siete años que vivía ahí—, a veces el alcohol afectaba bastante sus sentidos y su equilibrio. Entonces, el pasillo se transformaba en un espiral de blancos, rojos y amarillos que se entremezclaban. Y la gloriosa puerta ubicada al final del recorrido parecía ser inalcanzable.

Finalmente, llegaba Andrés triunfante hacia la puerta de chapa blanca. Abría, cruzaba el patio cuidadosamente y deslizaba la puerta corrediza de vidrio. Lo primero que encontraba era la sala de estar, siempre desordenada. El sillón ubicado en el medio de la sala solía ser el lugar predilecto para desparramarse a modo de festejo por haber llegado a su hogar.

En su sillón, Andrés prefería no pensar en todas las cosas que le molestaban de su vida como, por ejemplo, el tedioso trabajo que realizaba para formar parte de ese absurdo sistema; o también, la ausencia de Camila. Camila, ¿por qué te fuiste? ¿Y de dónde sacaría él una risa tan aguda y simpática o una hermosa, larga y negra cabellera para acariciar después de hacer el amor? Ay, Camila. ¿Con quién estabas en ese momento?, la puta madre. Igual, él prefería no pensar. Y cuando los pensamientos llegaban cuan vómito previo a una resaca monumental, él se daba vuelta para quedar recostado boca arriba en el sillón, como si de esa forma las ideas se desconcertaran y se fueran.

Ya eran varias las noches en que ocurría lo mismo: cada vez que se quedaba recostado mirando hacia el techo, una luz de afuera le llamaba la atención. Entonces, trataba de fijar la vista en la ventana. Era en ese momento cuando la veía a Carla, la vecina. Joven y rubia vecina que siempre lo cuidaba. Desde la lejanía y la separación de casas, lo cuidaba. Andrés pensaba que ella se preocupba por él y cuando la veía, le sonreía. Hubiese querido agradecerle y decirle que no se preocupara. Algunas noches, lo hacía, le agradecía en silencio, con la mirada, hasta que cedía ante el sueño y soñaba con Camila.

A veces soñaba por más tiempo del permitido. Y un día, los pájaros cantaron con alegría al igual que cada mañana, el sol se escurrió como pudo entre las cortinas y Andrés tapó su cara con un almohadón. Pero algo lo molestaba. Un ruido que hacía muchos meses no escuchaba le impidió mantener la línea del sueño. Alguien golpeaba la puerta de chapa.

Con los ojos entrecerrados por la luz matutina, se levantó y caminó hacia la puerta. La abrió sin siquiera preguntar quién era. La iluminación del lugar ya no le importó. Sus ojos se abrieron de par en par ante la sorpresa que se le presentó. La hermosa Carla estaba ahí y antes de que él pudiera reaccionar ella dijo:

—Andrés. Te desperté, perdón.

—No, no. No te hagas problema —dijo entre bostezos— Perdoname vos a mí. ¿Hacía mucho que estabas golpeando?

—Un rato, sí. Ya me estaba por ir. Vine a darte esto. Lo recibió mi papá y me dijo que te lo trajera cuanto antes.

—¿Eso? ¿Qué es? Claro. Un telegrama. Y sí, lógico. La puta madre.

—¿Pasó algo? Yo no entiendo nada de eso.

Andrés tardó unos segundos en sacar la vista del papel que tenía en la mano su vecina. La miró a los ojos y pensó: “Y no, mi amor, con esos hermosos 17 años no debés tener mucha idea, pero vos me cuidás. Me cuidás siempre”.

—A ver…, eh. Sí. No. Nada… Me echaron del laburo. Aparentemente, hoy no es domingo y hace tres días que tendría que haber ido a trabajar.

—Ah. Bueno…, no sé qué decirte en realidad.

—¡Jaja! Sos linda. Muchas gracias por traerlo. No te hubieses molestado.

—No, por favor. No fue nada. Bueno, te dejo tranquilo. Cuidate.

—Vos también.

Y la miró mientras se iba con su paso juvenil.

Desempleado. Esa era su condición actual. Desempleado y soltero. No por eso cambiarían sus actividades nocturnas, sino todo lo contrario. Tampoco cambiarían para Carla, aparentemente.

Pero desde el mediodía se notaba que la tarde pasaría de un modo bastante particular, y quizás hubiera sido un plan macabro de alguna deidad que disfrutaba de verlo enloquecer. Luego de la partida de la hermosa Carla, Andrés había entrado a la casa sin siquiera cerrar la puerta de chapa. La tarde había pasado mientras él estaba sentado en el sillón, sin emitir sonido y con la mirada fija en alguna mancha de la pared que tenía enfrente. Aunque imperceptible a la vista de cualquiera que lo mirase de afuera, su vida entera se estaba proyectando ante sus ojos. Y también alguna que otra ilusión o fantasía cuando su mente bromista quería que él se creara algún pedacito de otra realidad inexistente.

Para el anochecer, todos los recuerdos de sus días poco soleados se habían ido y solo quedaba la televisión con el noticiero que iluminaba la habitación. Andrés peleaba en la quietud por llenar los espacios vacíos de su mente. Sus ojos mostraban los nervios alimentados por la locura de sus ideas. Su cuerpo no se movía pero su mente generaba la necesidad de ultrajar una dulce flor. Entonces, entre imágenes rápidas que aparecían y se desvanecían en segundos, se encontraba violando con furia a la dulce vecina. Segundos después, volvía a la tensa calma de la habitación. Y de nuevo otra imagen. Y después, otra calma tensa. Finalmente, se movió y con sus manos tapó su cara. No quería lastimar a Carla. La dulce Carla. No quería ni siquiera imaginarlo. Casi en un llanto se preguntó por qué y Camila apareció. Lo acarició, lo tranquilizó mientras él no controlaba las lágrimas. Pero a los pocos minutos se levantó y dejó de acariciarlo, dejó de decirle que lo amaba para ir a revolcarse asquerosamente con otro tipo delante de sus ojos. Puta. Hija de puta. Y Carla ultrajada. Y Camila revolcada.

Andrés tapó su cara, cerró los ojos y gritó plegarias para no volver a ver nada de eso. Durante unos minutos se dijo pacientemente, mientras ponía un poco de música para relajarse, que día tras día todo podía ponerse gris y cada noche podía pretender que todo estuviera bien; pero cada vez estaba más viejo y solo, y ella ya no volvería y la otra ella algún día no lo cuidaría. Aunque él podía sentir que una liberación estaba por llegar. Se sentía frío, rígido y seco.

En ese instante se levantó y todo lo que encontró a su paso lo destrozó. Cuadros, platos, vasos, adornos, electrodomésticos, ropa, almohadones, sábanas, cortinas.

La música que provenía de la casa de atrás estaba sorpresivamente fuerte. Carla no entendía qué podría estar pasando en la casa de Andrés. Y trató de sacar conclusiones que la relajaran mientras miraba por la ventana de su habitación. Intentó distraerse y convencerse de que al día siguiente todo estaría bien.

La televisión, para ese momento, solo era capaz de reproducir una lluvia gris. Cuando él se hubo desahogado, cayó de rodillas al suelo y lloró desconsoladamente. Se preguntaba por qué, de forma constante. Y dio vueltas en el piso, hasta que la angustia se disipó. Pero aquel aparato lluvioso lo enfurecía. Luego de secarse las lágrimas y de respirar profundo, se puso de pie. Manteniendo el ritmo de la respiración, agarró decididamente el grueso caño que solía sostener la cortina antes de que él la arrancara; y con un fuerte movimiento impulsado por un grito repleto de odio, destrozó el televisor.

Carla reaccionó con un salto ante el grito y los golpes. Corrió hacia la ventana y gritó el nombre de su vecino. Su padre le gritó desde la planta baja que no molestara por la ventana. La muchacha hizo caso omiso a las órdenes del piso de abajo y volvió a llamar a Andrés. Sorpresivamente, desde la casa de atrás solo se escuchaba, en alto volumen, una canción bastante tranquila. Ella lo llamó una vez más. Para el final de su grito, un estruendo similar al de un arma de fuego retumbó entre las dos casas. Y un nuevo grito desesperado de la rubia vecina lo siguió.

Cuando los policías entraron al lugar, mediante la luz de las linternas pudieron distinguir que Andrés se encontraba tirado sin vida en un rincón, envuelto en un charco de sangre. La música continuaba sonando. Y mientras ellos se acercaban lentamente al cuerpo, un coro polifónico los acompañaba. Para el momento en que Javier, dueño del pesado borceguí que abrió la puerta de entrada, se acercó a Andrés e iluminó sus ojos abiertos, el coro enmudeció.

La cara de Andrés se mostraba feliz.

lunes, 10 de mayo de 2010

Fusilamiento


Sus palabras son taaan monótonas aunque su tono de voz varía constantemente. Tan absurdo. Hace como media hora ya que dejé de darle bola a lo que dice. Es que me aburre de sobremanera escuchar sus pensamientos tan básicos. Es como intentar prestarle atención a los sonidos que pueda llegar a emitir un cavernícola. Toda su imagen se parece a la de un cavernícola, sus gestos, sus movimientos, sus expresiones absurdas y carentes de cualquier sentido. No lo quiero escuchar más, por favor, es insoportable; ay, ya empezó, ya tenía que estar haciendo lo de siempre. Grita, grita y grita. Ya arrancó el discurso tortuoso, las palabras de asesino en serie ¡Cuántas veces ya me mató de la misma manera! Tiene la voz de un sicario y una intención mucho más monstruosa que la que podría tener uno de esos. Cuando empieza con todo esto es como si el cavernícola se esfumara y apareciera el verdugo cagón siempre tapándose la cara. Y todos los sonidos se apagan. Así, ahí, muy bien, qué básico que sos. ¡Qué pelotuda que soy yo! Las palabras, las palabras, suenan como un redoblante. Y la pieza, la pieza es un enorme paredón gris que no llego a ver realmente porque una venda negra me tapa los ojos. Los silencios, los silencios. No se calla. Díganle que se calle. Los silencios. Basta, basta, basta. ¡¡BASTA!! Se recargan las escopetas con esas palabras. Las escopetas, las escopetas y mis lágrimas, ay, mis lágrimas y las escopetas y el redoblante. El redoblante se calla, silencio, mis lágrimas, que se calle. Me pide un último deseo. Lloro, lloro, deseo, ¿deseo? ¡Perdón, perdón! Por favor, perdón perdón perdón, lágrimas. Perdón. Lágrimas. Deseo irme de acá. Perdón perdón.

Y los disparos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Punto de vista

Su vista se distrae con el delicado rayo de sol que entra tímidamente por la ventana que se encuentra a su derecha. Recuerda que debe concentrarse. Cierra los ojos, respira profundo, esboza una delicada sonrisa, se incorpora y mira de nuevo a su marido. Ya está lista para continuar.

Intenta conquistar con la mirada aquel lienzo que le da la espalda. Otra vez deja que sus ojos se distraigan. Mira el trípode de madera que sostiene la blanca tela que de a poco se queda con su imagen. Ve la silueta de su marido quien, cada tanto, asoma sus pupilas por el costado de aquella estructura para robar algún detalle de ese rostro de porcelana. Cuando él no se deja ver, ella mira la danza que interpreta la punta del pincel. Y da vueltas, y se queda quieta, y se esconde y se vuelve a mostrar.

En cualquier otra circunstancia, le costaría mantener la postura. Y cuando el cuerpo le pide un descanso, ella recuerda que se está enfrentando a su peor enemigo. No puede mostrar debilidad.

Pasan las horas, la habitación se oscurece y ella se siente cada vez más cansada. Pero no puede ceder tan fácil. Continúa desafiando con la mirada a la tela sobre la que pinta su amado. Y siente poder cuando piensa que así, ataca al lienzo por delante y por detrás.

Con el atardecer la habitación se enrojece y los amarillos almohadones que rodean el lecho donde ella posa se ven anaranjados. Los colores cálidos que la abrazan consiguen que se relaje y disfrute de ser la amada modelo. Quizás se relaje demasiado. Los párpados le pesan cada vez más. Entonces, arriba ve una franja negra, en el centro, rojos, naranjas y rosas, y abajo, otra franja negra que cada vez se aproxima más a la superior. Las franjas se juntan. Negro completo. Recuerda la lucha. Respira profundo y sus ojos se vuelven a llenar de calidez. Rojos, naranjas y rosas por todos lados.

La espalda del futuro retrato se deforma de a poco. Ella pestañea y ahora trata de distinguir la figura de la ventana. Los rojos y sus gamas se entremezclan. Todo está fuera de foco. Pestañea de nuevo. Todo se presenta nítido otra vez. Y luego: negro, colores cálidos borrosos, y negro. Oscuridad próxima.

Sus ojos se cierran. Esta vez, para siempre.

miércoles, 21 de abril de 2010

Descripción en 1.ª persona

El verano se aproximaba y se sentía en el aire. Lo recuerdo porque yo usaba una musculosa y todavía no había llegado diciembre. La radio prendida en el auto se encargaba de que no sintiera la necesidad de sacar una conversación. La verdad era que no tenía ganas de hablar. Sabía a lo que me enfrentaría o por lo menos tenía una mínima idea.

Llegamos a la casa. Todavía no estaba vacía y se notaban las rutinas de todos los integrantes de aquella familia que ahí vivía. Aunque, el único que me interesaba realmente ya no estaba. Aproximadamente unos 10.000km le impedían estar. Y esa ausencia se notaba más que cualquier rutina.

Después de un rato de hacer un forzado acto de presencia entre mates y charlas absurdas, tomé coraje y fui hacia la habitación que me estaba esperando.

Subí las escaleras, pero con temor a terminar de subirlas. Atravesé despacio el corto pasillo que no era un pasillo en realidad. Las puertas de madera antigua de la habitación estaban cerradas. Había una pila de cajas de cartón a un costado. Tomé una. Sabía que me serviría. Y con todo el valor que pude juntar en esos pocos segundos, apoyé mi mano en el picaporte y abrí la chillona puerta.

Las maderas esperaban ansiosas que las pisara para poder entonar sus crujidos ante mis pasos. Yo todavía me encontraba en la entrada de la pieza. Abrir la puerta era una cosa, pero para dar el primer paso necesitaba muchos más segundos de acumulación de valor. Gran bocanada de aire y entró el pie derecho. El resto de los pasos fueron por inercia. Sonó, a modo de festejo, el canto de las maderas. Vaya uno a saber hacía cuánto tiempo habían estado esperando ese momento.

Un aroma a infancia se me tiró encima y me abrazó cuando llegué al centro de la habitación. Me quedé inmóvil y con la mirada repasé el lugar. Entonces vi unos potentes y poco tímidos rayos de sol que se metían por las tres pequeñas, selladas y cuadradas ventanas que estaban en la parte superior de la lisa y fría pared casi blanca. Los tres colchones de una plaza estaban apilados en un rincón entre la aproximada blancura anteriormente nombrada y la otra pared celeste como el cielo de una tarde de febrero. Sobre ellos estaban doblados los tres alcolchados que alguna vez nos habían abrigado a mí y a mis dos hermanos. En la otra esquina, la vieja y clásica cueva en la que habíamos jugado tantas veces escondiendo cosas de un padre que las necesitara. En la unión de las dos paredes de cielos, el viejo y compacto armario de madera luciendo el hermoso espejo que tantas veces me había reflejado. Y finalmente, a un costado del armario una montaña de recuerdos.

Apoyé la caja en el suelo, acerqué un colchón y me senté a revisar cada uno de esos recuerdos: libros, papeles, cartas, juguetes y un pequeño muñequito de cerámica. Clasifiqué todas las cosas y las miré una por una. Primero pensé en elegir las que me llevaría conmigo. Finalmente, guardé todas en la caja.

Volví a soltar mis ojos para que dieran una vuelta por la vieja pieza. Durante segundos escuché risas que no estaban ahí. Para el tercer paseo ocular, dejé que la mirada se detuviera en cada rincón. La última pared fue la que más tiempo me tomó, ya que esa pared pintada de celeste con algunos reflejos blancos que simulaban ser nubes era en la que nos habían permitido escribir con tizas. Estaba llena de dibujos y de palabras sueltas que, seguramente, habían sido parte de algún chiste. Mis ojos la recorrieron detenidamente durante diez minutos hasta que mi mano decidió acariciarla. Su textura era rigurosamente áspera. Tenía unos pequeñísimos grumos de material frío. Sin embargo, guardaba cierto calor protector.

Sin despegar mi mano de la pared, me dejé caer lentamente de rodillas al piso. Bajé la mirada y junto con ella, las gotas de sal que cada tanto me recuerdan que soy un ser humano con sentimientos. Ellas se deslizaban con agonía por mis mejillas. Dividían al aire que se interponía en su camino hacia el suelo y, finalmente, estallaban contra la madera. Una, dos, tres y cientos de ellas durante un cuarto de hora.

Me incorporé, sequé mis ojos y me puse de pie con la frente en alto. Último paseo visual: casi blanco, ventanas, colchones, casi blanco, columna, cueva, puerta de madera, celeste con tiza, armario antiguo, celeste, ventanas, colchones, casi blanco.

Un último suspiro ahí dentro. Me dirigí a la salida mientras las maderas me despedían con su canto. Una vez fuera de la pieza, la miré una vez más y cerré las puertas.

Me hubiera encantado tener una foto de ese lugar. Nunca más pude volver. Nunca más volveré.

viernes, 2 de abril de 2010

Descripción de un suicidio


Hay una nube gris que danza cuan cinta al ritmo de los vientos y se condensa cuando uno continúa alimentándola. Nube que ocupa tiempo y pensamientos; que oscurece el día y lo transforma en noche. Bola de humo que apenas mancha la inmensidad azul y esquiva colores que se reflejan en cristales. Y sube y baja y se estanca. Finalmente, se deshace y muere.

Un suspiro interrumpe la paz de esa copa alta y frondosa que se asoma sobre las tejas como un niño que se esconde en la diversión de jugar con algún adulto que se preste a ello. Niño con mirada traviesa y sonrisa desbordante de inocencia. Infante con pigmentos naturales que se oscurecen, se secan y se resecan con la estación entrante. Barullo de follaje que se confunde con una risa. Y es brisa. Y es viento. Negros, verdes y oscuros cabellos con reflejos claros se mezclan y se separan según el deseo de aquel suspiro.

Blancos cuerpos plásticos que crecen del suelo frío y gastado son delineados por los brillos naturalmente satelitales que caen desde aquel ojo solitario, testigo de mis muertes de un rato.

Un suave sabor de vainilla se entremezcla con la amargura y el gas de aquel río negro limitado por las curvas transparentes cuya silueta es dibujada con trazo fino por la luz. Un trago largo, un beso seco, una pequeña luciérnaga roja, un suspiro y el sabor de vainilla se suman a la consistencia de la nube gris que ha vuelto a nacer.

Yo me pierdo en el medio de todo. Entonces, sobre mi cabeza hay un infinito azul y lejano. A la izquierda, una fuerte y tajante puerta negra que rompe la acumulación de ladrillo y cemento que parece tener gusto a limón. Frente a mí, la continuación de la cítrica pared pero, con un corte diagonal que da lugar al rojo sombrero de la casa. A la derecha, negros barrotes que delimitan mi espacio y a la vez me permiten ver los acontecimientos que ocurren en aquella esquina. Debajo de mis pies, un verde y cerámico suelo. Y finalmente, a mis espaldas, los ojos de esa habitación que me contiene todas las noches. Ojos oscuros y abiertos de punta a punta que tienen la finalidad de permitir que dos cajas negras me susurren. Entonces me dicen —con instrumentos manipulados por cuatro británicos integrantes de alguna banda de rock progresivo en algún momento de la década de 1970 y una estremecedora voz— que hay un grandioso concierto en el cielo. Yo cierro los ojos y me derrito sobre el plástico blanco mientras siento cómo se desprenden de mí todas esas presiones cotidianas.

El piano se va de a poco y mis ojos se abren despacio. Aroma a humedades se mezclan con las cintas grises de vainilla. Un último trago de negro y amargo río. Y así, como sucede todos los jueves, muero una vez más.

viernes, 26 de marzo de 2010

Diario de un colectivero

18 de marzo de 2010

Hoy me tocó el turno de la mañana. Una lástima, me estresa la mañana. La gente está histérica a esas horas. A nadie le gusta levantarse tan temprano y tener que estar con la cara por el piso del sueño, encerrado y apretujado en un estanque con ruedas. A mí tampoco me gusta manejar en esas condiciones. Yo también quisiera seguir durmiendo.

La salida desde la terminal es tranquila. Se ocupan todos los asientos, pero la gente está tranquila. Uno ve a tanta gente todos los días... Y hay de todo, eh.

Están las que, claramente, van a la oficina. Arregladitas, con carterita y pantalones de vestir, con esas blusitas que seguramente compraron en algún impulso mientras paseaban por alguna peatonal del centro sin parar de hablar con alguna amiga que hacía tiempo no veían por tener poca disponibilidad horaria. Claro, entre la facultad y el trabajo...

También se ven a esos que van con camisas y sacos, pelo mojado y alguna mochila poco formal en la que llevan apuntes y algo de plata para almorzar. Esos jóvenes que miran a las señoritas arregladitas de oficina. Quizás, piensan en la forma de acercarse y charlar para levantarse a alguna. No. No creo. Eso era en otras épocas. Hoy todos viajan enchufados a esos aparatos que, entre otras miles de cosas, reproducen música y cada vez vienen en tamaños más chicos. Mi hijo quiere uno. Voy a preguntarle a José si conoce a alguien que me venda alguno trucho –José conoce a todo el mundo–. Más de gamba y media no gasto. Después, ¿quién mierda la soporta a mi mujer?

¿En qué estaba? Ah, sí. La gente. Hay de todo. Las peores son las señoras grandes. ¿A qué señora de 70 años se le ocurre viajar en colectivo a las 7 de la mañana cuando todo el mundo sabe que es el peor horario? Nadie lo dice, pero todos arriba del bondi lo deben pensar. A nadie le gusta dejar ese asiento sagrado que con ansias espera encontrar cuando sube a esa pecera verde que comando. ¡Jajaja! La esperanza del asiento vacío. Se les nota en los ojos. Suben casi cruzando los dedos por ver un reluciente asiento vacío. Cuando lo encuentran les brillan los ojos como si se emocionaran hasta las lágrimas. Y cuando eso no pasa, yo creo que sus corazones se rompen como si fuese una de las peores tragedias amorosas que a uno le pudiera ocurrir. Bien de novela brasuca que pasan a la tarde. Pero se hacen los duros. Se hacen los fuertes y ocultan toda mueca que exprese su dolor, su angustia, su pena. Ni que fuese tan terrible viajar parado.

Entonces, es casi lógico. Encuentran el asiento, se sientan y viajan felices por aquel hermoso acontecimiento en sus vidas. Pero…, “charán, charán”. Sube la señora. La maldita señora que no tiene mejor cosa que hacer que viajar en bondi en hora pico; señora que debería aprovechar el hecho de que, seguramente, ella ya habrá aportado mucho a esta sociedad durante sus años de juventud y por lo tanto, puede quedarse en su casa, en su pieza, en su cama. Abrigada en invierno. Fresquita en verano. Y, señora, si no puede dormir, mire la tele o tome mate. ¡No sé! Mire fotos de sus nietos, ponga la radio, barra el piso de la cocina una vez más. Desempolve viejas cosas, clasifíquelas y si no las quiere guardar más tiempo, dónelas. ¡Tantas cosas tiene para hacer una señora de su edad! ¿Con qué necesidad viene usted a subirse al colectivo a esa hora? Me juego las pelotas que todos los pasajeros piensan eso cuando la ven subir.

Menos mal que hoy no hubo ninguna manifestación. La zona del Congreso es terrible. Encima, se acerca el 24. ¡Puta!, lo que va a ser eso… Bah, no quiero hacerme mala sangre de antemano. Quizás, pueda pedir el franco para ese día. Mientras tanto, disfruto de estos mates en la terminal con Cachito.

¡Cachito! Un grande, Cachito. Siempre nos espera a todos los “muchachos” según él –40 en cada pierna tenemos los muchachos–, con unos mates, unas galletitas y un mazo de cartas para distraernos un rato entre turno y turno con un truquito. Esa media horita con Cachito es uno de los momentos más esperados durante la jornada laboral. Claro, el más importante es el horario de fin de jornada. Ese que te permite volver a casa y descansar, siempre y cuando, tu mujer no te espere con diez millones de quilombos de los que te tenés que ocupar. Y entonces, te viene con la historieta de que los pibes no hicieron los deberes o que se portaron mal en el colegio. Y yo pienso: “Oime, mujer, ¿no podés ocuparte vos de eso? ¿Tan difícil es que te impongas un poco o es que sos tan boluda que hasta los pibes se dan cuenta de que te pueden pasar por encima? Yo vengo cansado, che”. Y mientras tanto, ella sigue hablando de todas esas cosas que a mí, a esa hora, no me interesan. Es como si aún al bajar del bondi, tuviese que seguir manejando el colectivo familiar.

Menos mal que mañana me puede tocar el turno de la tarde o el de la noche. Voy a poder dormir toda la mañana.

19 de marzo de 2010

Ayer laburé todo el día. Al final tuve que cubrir a Raúl durante la tarde después de haber hecho mi turno de la mañana. Pero la tarde es tranquila. Poca gente viaja. Dentro del bondi se puede respirar y todo. El problema de la tarde son los tacheros. Está lleno. Toda capital repleta de tacheros que se cruzan, se meten, se mandan, frenan en todos lados…, se creen los dueños de la calle y manejan como el orto. Para colmo, si los puteás se atreven a responder y a mí me dan ganas de acomodar de una trompada a todos y cada uno de los boludos que manejan un taxi.

Otro problema es cuando llegan las cinco de la tarde. Ahí se genera un clima similar al matutino, solo que con la gente bastante más alterada por todas las broncas y presiones que fueron acumulando durante el día. Decí que yo soy un tipo bastante tranquilo. Igual, llega un punto en que hasta la pregunta hecha del modo más amable me rompe las bolas. La clásica es el: “¿Vas hasta tal lado?” y yo pienso: “Sí, pa. ¿Qué dice el cartel? ¿No entendés español vos? Y si no sabés si paso con el bondi por ahí, agarrá una Guía ‘T’ que tan difícil de interpretar no es”. Pero me limito a un frío, seco y apagado: “Sí” con el que demuestro lo infeliz que soy sentado delante de ese volante mientras llevo y traigo gente todos los días para que ellos laburen de algo más copado que manejar un bondi, pero que también los hace sentir unos infelices porque en este país no hay laburo de lo que uno quiere. Hay lo que hay. Y hay que bancársela. Ambicioso, en Argentina, querer trabajar de aquello que uno estudia o estudió, o quiso o quiere estudiar. Me da pena por mis dos hijos. Ojalá que ellos tengan otras posibilidades.

Tengo sueño, estoy realmente cansado. Espero que Claudia no empiece con las historias de siempre. Espero que se limite a hacer la cena y esperarme en casa con un lindo humor. Difícil que ocurra. ¿Qué pasó con esa mujer? Era tan divertida. Supongo que a ella también le joden ciertas cosas. Yo también me veo mucho más apagado que hace…, diez? No. Menos. Serán siete o cinco…, quizás tres años. Pero ella siempre fue una dulce. Aunque me rompe bastante, es una compañera divina. Se lo tengo que reconocer. Pasa que a veces no nos aguantamos. Pero, qué sé yo. Yo estoy contento de que ella sea la madre de mis hijos: Joaquín y Matías.

Joaco está por cumplir los 14. Cómo pasa el tiempo, la puta madre. Y Mati. ¡Jaja! Es una pulguita de 8. Qué pibe que me hace morir de risa. ¡Ay! Pensar en mis hijos me relaja. Son como esa música que calma a esta fiera.

¡Qué linda está la noche para unas pizzas y unas birras frescas! Voy a aprovechar hoy porque mañana me toca el horario nocturno.

20 de marzo de 2010

Linda noche para manejar. Hasta es divertido laburar un sábado a la noche. No, bueno, no es la joda loca y, claramente, preferiría estar en otro lado. Pero, es realmente divertido ver a la gente que viaja los fines de semana a la madrugada. Ya de por sí, me causa gracia la vestimenta que usan para salir. En especial, la pendejada. Aunque, hay cada cincuentona que se quiere hacer la pendeja…

Y uno ve subir cada cosa linda. Bueh, soy de carne y hueso. Por más que el camino esté delante, uno también tiene que mirar quien sube, ¿no? Y mirar si sacan bien el boleto, y si viajan acompañadas o solas…, además si se visten así es porque quieren que las miren. Y yo soy un hombre que hace lo que ellas quieran que haga.

Sí, también viajan todos apretados como en otros horarios –más que nada camino a Capital–. Pero el clima entre la gente es distinto. Todos están de buen humor. No tienen una obligación por delante y se nota.

La vuelta ya es otra cosa. Es muchísimo más tranquila. La “onda verde” en las avenidas es casi la mismísima gloria. Lo único que jode son los boludos que chupan y salen a manejar. Después pasa lo que nos desayunamos los domingos a la mañana en el noticiero. Accidentes por todos lados. Esa es otra de las cosas que me da miedo por mis hijos. A Joaco no le falta mucho para empezar a salir de joda. Ojalá sea un pibe vivo para esas cosas. Espero que no se meta en líos ni haga boludeces. Pensar que cuando yo era pibe vivía sin tener conciencia de todo lo que me podría llegar a pasar en la calle, aunque antes las cosas no estaban tan jodidas como ahora. Hoy es más peligroso. Bah, no sé si es más peligroso o si se muestra mucho más lo peligroso que fue todo siempre. Digamos que durante los años de dictadura este país no fue el Edén, precisamente.

Fue un fin de semana bastante tranquilo, eh. O quizás sea que se nota la diferencia con los fines de semana de verano.

El turno se pasó rápido. O por lo menos, así lo sentí yo. Llegué a la terminal, saludé a Carlitos y al gordo Mario. Estaban desayunando antes de que les tocara salir. Me convidaron unos mates y charlamos un poco de la suegra del gordo. La vieja siempre le hizo la vida imposible. Ahora está en las últimas y parece que está más insoportable que nunca. El pobre gordo no pega un ojo hace semanas. Yo no creo que sea recomendable que siga laburando así. Pero claro, necesita el mango, como todos, bah.

Tiene pinta de que va a llover todo el domingo. Qué lindo. Fútbol, pastas, y cafecito. Ojalá que los pibes se queden jugando con la computadora en la pieza y que Claudia no me venga con eso del dolor de cabeza.