Si vas a respirar por inercia, mejor dejá el oxígeno para el que realmente lo quiera.
Que cada frustración sea útil.
A tu salud.
Ya me dije una de las cosas más importantes. Y ese piano no se equivoca, señores.Y esto fue hace como una semana atrás.
Me gusta entender lo literario de estas palabras, y me resulta interesante haberlo escuchado.
Será cuestión de ponerse cómodo. En el peor de los casos, morirse cuando se esté lleno de vida.
Sus palabras son taaan monótonas aunque su tono de voz varía constantemente. Tan absurdo. Hace como media hora ya que dejé de darle bola a lo que dice. Es que me aburre de sobremanera escuchar sus pensamientos tan básicos. Es como intentar prestarle atención a los sonidos que pueda llegar a emitir un cavernícola. Toda su imagen se parece a la de un cavernícola, sus gestos, sus movimientos, sus expresiones absurdas y carentes de cualquier sentido. No lo quiero escuchar más, por favor, es insoportable; ay, ya empezó, ya tenía que estar haciendo lo de siempre. Grita, grita y grita. Ya arrancó el discurso tortuoso, las palabras de asesino en serie ¡Cuántas veces ya me mató de la misma manera! Tiene la voz de un sicario y una intención mucho más monstruosa que la que podría tener uno de esos. Cuando empieza con todo esto es como si el cavernícola se esfumara y apareciera el verdugo cagón siempre tapándose la cara. Y todos los sonidos se apagan. Así, ahí, muy bien, qué básico que sos. ¡Qué pelotuda que soy yo! Las palabras, las palabras, suenan como un redoblante. Y la pieza, la pieza es un enorme paredón gris que no llego a ver realmente porque una venda negra me tapa los ojos. Los silencios, los silencios. No se calla. Díganle que se calle. Los silencios. Basta, basta, basta. ¡¡BASTA!! Se recargan las escopetas con esas palabras. Las escopetas, las escopetas y mis lágrimas, ay, mis lágrimas y las escopetas y el redoblante. El redoblante se calla, silencio, mis lágrimas, que se calle. Me pide un último deseo. Lloro, lloro, deseo, ¿deseo? ¡Perdón, perdón! Por favor, perdón perdón perdón, lágrimas. Perdón. Lágrimas. Deseo irme de acá. Perdón perdón.
Y los disparos.
Su vista se distrae con el delicado rayo de sol que entra tímidamente por la ventana que se encuentra a su derecha. Recuerda que debe concentrarse. Cierra los ojos, respira profundo, esboza una delicada sonrisa, se incorpora y mira de nuevo a su marido. Ya está lista para continuar.
Intenta conquistar con la mirada aquel lienzo que le da la espalda. Otra vez deja que sus ojos se distraigan. Mira el trípode de madera que sostiene la blanca tela que de a poco se queda con su imagen. Ve la silueta de su marido quien, cada tanto, asoma sus pupilas por el costado de aquella estructura para robar algún detalle de ese rostro de porcelana. Cuando él no se deja ver, ella mira la danza que interpreta la punta del pincel. Y da vueltas, y se queda quieta, y se esconde y se vuelve a mostrar.
En cualquier otra circunstancia, le costaría mantener la postura. Y cuando el cuerpo le pide un descanso, ella recuerda que se está enfrentando a su peor enemigo. No puede mostrar debilidad.
Pasan las horas, la habitación se oscurece y ella se siente cada vez más cansada. Pero no puede ceder tan fácil. Continúa desafiando con la mirada a la tela sobre la que pinta su amado. Y siente poder cuando piensa que así, ataca al lienzo por delante y por detrás.
Con el atardecer la habitación se enrojece y los amarillos almohadones que rodean el lecho donde ella posa se ven anaranjados. Los colores cálidos que la abrazan consiguen que se relaje y disfrute de ser la amada modelo. Quizás se relaje demasiado. Los párpados le pesan cada vez más. Entonces, arriba ve una franja negra, en el centro, rojos, naranjas y rosas, y abajo, otra franja negra que cada vez se aproxima más a la superior. Las franjas se juntan. Negro completo. Recuerda la lucha. Respira profundo y sus ojos se vuelven a llenar de calidez. Rojos, naranjas y rosas por todos lados.
La espalda del futuro retrato se deforma de a poco. Ella pestañea y ahora trata de distinguir la figura de la ventana. Los rojos y sus gamas se entremezclan. Todo está fuera de foco. Pestañea de nuevo. Todo se presenta nítido otra vez. Y luego: negro, colores cálidos borrosos, y negro. Oscuridad próxima.
Sus ojos se cierran. Esta vez, para siempre.